jueves, 25 de agosto de 2011

Verano taurino

El punto más álgido de la temporada llega con el calor aplastante del verano, y la sabrosa resaca de las vacaciones; vacaciones de las que he querido salir para desempolvar la pluma y mezclar la tinta para dedicarle unas líneas más al toro, y a esos pueblos españoles que están de fiesta, que con orgullo ofrecen su plazuela de toros y sus toreros para hacer disfrutar a propios y a extraños, porque estamos en verano, de vacaciones, donde el único profesional que no descansa es, el torero , quien mantiene viva la llama taurina mientras el otoño asecha.

Esta, es la época en la que los pastos se secan, el tendido se calienta, y las costas se ven provocantes, y los toreros caen. Los toros se enflacan, porque los pastos están secos, las plazas lucen vacías, porque los tendidos están a grados exorbitantes de temperatura mientras el sonido del mar de Alfonsina llama a la gente para una reunión subacuática, y los toreros caen, porque recorren España de cabo a rabo, toreando todos los días, durmiendo en el carro o el tren, viviendo de prisa, mientras el verano, poco a poco, va cobrando su aguinaldo, antes de despedirse.

Las ferias se hacen largas mientras pasa el verano, y los toreros más importantes comienzan a flaquear, ya no cortan sendas orejas, ya van sin ganas; cosa que molesta al público, que es obvio, porque paga, pero que es entendible, porque el arte con esa continuidad deja de ser arte, y ¿Cómo se le pide al torero que te de faena, cuando las zapatillas se derriten sobre la arena calentada por el sol? Además, las musas también se cansan, esta musa que tengo yo, que se habían ido de vacaciones, es un poco terca pero aquí está para escribir un par de canciones.

La época más intensa de la temporada transcurre, porque las arenas del reloj no hay quien las pare, porque los días no pasan en vano, y el cuerpo se resiste al desmayo. Deja a los aguerridos toreros tendidos en la arena sangrante, mientras el público verdadero, el que paga, se duele por los toros flacos y los toreros sin musas, que no llegan que pareciera que le hicieron caso a Alfonsina y se fueron al mar, este es el verano, el más hermoso del mundo, el verano taurino.

Luis Javier Medina


La mejor poesia es esa que viene de dentro, que brota de un juego de muñecas y complementas acompañando con la cintura, apoyándote en los riñones y templando hasta el final. Esa que no conoce de edad, sexo o nacion.. Que solo pide entrega y vocacion!!

Samuel Rivas Villamizar

Morante en Bilbao


Se escucha el cacareo de un gallo que revolotea en el comienzo de faena y en los remates del torero de la Puebla. No se si es Morante el que busca la perfección o es la perfección la que busca a Morante. Quizás la perfección quiere alcanzarlo pero no puede, por eso, sus lances, su media, sus naturales o sus derechazos son profundos a la vez que espontáneos, sólidos al mismo tiempo que frágiles; son auténticos pétalos de hojas verdes que caen en primavera y no en otoño. Caen en primavera porque es la estación más floreciente y creadora. Es la estación donde nace la vida en la naturaleza. Así es su toreo. Natural. Es muy difícil crear algo natural que resulte sobrecogedor por el pellizco de un artista que lleva consigo el rótulo de figurón del toreo y lo demuestra año tras año. Morante de la Puebla hace lo que ama. Lo que para algunos son problemas para él son lecciones. Si no, ¿cómo creen ustedes que puede comenzar la faena de muleta de esa forma mientras el tendido y el toro protestaban al unísono brevemente? El Maestro sabía que el de Cuvillo tenía oro en su interior, sólo había que escarbar un poco en sus adentros y recoger esas pepitas de oro que relucirían a mediados de faena. Morante se encuentra en plenitud. Un torero que de la cuna fue a parar al ruedo y del ruedo al triunfo. No ya al triunfo hacia el exterior, ni al reconocimiento más que ganado, sino al triunfo interior, al triunfo artístico. Este torero libera, alivia, distrae, desbarata. Derrocha serenidad. Descubre parajes de extrema belleza. Pone el alma cuando torea, y por este motivo su andadura está abocada al éxito. Me gusta como sale de la cara del toro desplantando con humildad y como recibe una gran ovación sin darle la mano al tremendismo. Me gusta como cita al toro sin vociferar como si el redondel fuese un patio de vecinos o un partido de fútbol. Me gusta como se tira a matar de verdad cuando sabe que merece la pena porque la faena ha estado a la altura de un gran estoconazo. Me gusta ver como el presidente saca los dos pañuelos blancos a la vez igual que Morante maneja el capote acariciando al toro por verónicas echando el percal al mismísimo hocico del cornúpeto. Me gusta la manera tan pura de colocarse delante de la cara del toro. En definitiva, me gusta el toreo antiguo y me gusta el toreo nuevo. Pero me gusta más ver como lo antiguo hoy resulta algo novedoso porque nadie es capaz de realizar una faena de este calibre por mucho que les cueste admitirlo a unos pocos infelices que sólo aprecian lo que ven cuando el de al lado se lo cuenta, habiéndolo tenido delante desde hace mucho tiempo. Larga vida al rey de la tauromaquia que en su trono mira a sus súbditos con clemencia, sencillez, toreo y amor.

Alvaro Gil.

JOSE MARI MANZANARES

A la fuerza, fragilidad. A la potencia, cadencia. Vuelos de finas hierbas a un toro que esquiva un capote que perdura. Pinturería canastera de un mimbre entre varetas, de una lumbre en primavera, del manantial que abreva la corriente de un río de pulcritud torera. La escena, borrosa, casi desvanecida en un horizonte de sol, gracia y vida. Crece cual arbusto salvaje en un clima seco. A parte, lejos de la masa, en la otra orilla, de repente un ole arrecia como viento de levante. Un ole de una garganta que recuerda a Fernanda por soleá. Paladean cucarachas escondidas en la boca de riego la faena soñada de un torero que acompaña con el cuerpo, que trasmite al firmamento sus secuelas y tormentos con casta y toreo bueno. Con sonrisas, sin lamentos. Llorar, no se si de pena o de alegría. La armonía, esa que convence a todos sin excepción. El sentimiento, ese que no atiende a nadie más que a los gitanos. Lo primitivo. Con herramientas primarias como la madera o como una tela. El almíbar, eso que endulza la vida. Hay que pasar mucha sed para poder beber de esa fuente. Para asimilar ese cáliz que concede la vida eterna a quien lo bebe. Para alcanzar esa tierra prometida y esa suavidad en los toques, que vanguardia, que derroche, que espejismo en la noche. Que de luz tras el túnel hacia el paraíso del campo. Que de flores. Que colores. Que simbiosis entre toro y torero. Jose Mari Manzanares, educadamente le abre las puertas de su casa, para después conversar largo y tendido, sin prisa pero sin pausa, despacio que no lento, ligando palabras cual muletazos fueren, con absoluta certeza y colaboración, para después despedirlo con la misma autenticidad, hasta mañana “Arrojado”, ya nos vemos por el campo, allí recordaremos juntos las hazañas del pasado, esa tarde que fue espanto. A hombros, volandero, hasta el hotel, prisionero. Jose Mari Manzanares sobre el gran Bores Otero, sólo hay uno, no es roneo, es el arte de estar lejos y vivirlo por entero, es querer ser costalero, de un figura del toreo que es canela y es jazmín, que es sirena en abril, canto del alabardero, cite con mimo y fuego en las yemas de los dedos. Es enjundia por entero, albacea de mi recuerdo. Es la lluvia de pañuelos planeando en el albero. Enhorabuena torero.


ALVARO GIL

Paseíllo

Mirada perdida. Miedos. Inseguridad. La gloria bañada en suspiros. La incertidumbre puebla los rincones de un patio de cuadrillas que se torna asfixiante. El hedor de un público sediento. No hay libertad. Estoy preso en una cárcel circular que no admite espantadas. Preguntas y negación. De pronto una luz deja ver apenas un resquicio de madera roja. Una bocanada de aire fresco anuncia a mis pulmones que debo comenzar a andar. Pie derecho por delante. Suerte y al toro. Suenan clarines y timbales. El primero ya está aquí. El burladero sustituye el hombro de mi padre para consolarme. Las pulsaciones se disparan. Retumba el suelo. Salpica el albero. Apenas se nubla mi vista durante un corto lapso de tiempo. Mi mente, en cambio, está revolucionada a su máxima potencia. Se oyen murmullos de un tendido que aprecia el volumen de un toro con brío. Remata por abajo. ¡Toca, toca! ¡Que salgo!

Alvaro Gil.

EL MALETILLA

La luna llena, con su luz y su misterio, alumbra las verdes praderas y el amarillo albero de la plaza de tientas. Al filo del precipicio, en la oscuridad, los maletillas saltan la valla y dejan escapar su ingenio. El equilibrio ante un tren que pasa, arrasa y deja su marca en la piel, por las vías del camino a la gloria en el que unos salvan la vida y otros perecen. Con su atillo de torero, se preparan para torear al silencio. Las sombras crean el movimiento en la noche, la quietud del llanto mece la cuna del toreo de capote anónimo, de muleta cosida con la aguja de la abuela que todo lo sabe aunque se haga la ingenua. Los sentidos se agudizan, los riñones crujen y los gestos se enaltecen. Duerme el ganadero creyendo que sus toros están descansando y no embistiendo a un niño enamorado del toreo, del campo, de la luna, del caballo. Cual hombres lobos, arrasan con la camada. No es más que sed y hambre de toros. No es otra cosa que alimentar su guadaña de madera tallada sobre un viejo trapo de seda. No es más que volar con una vaca encastada, con la faena soñada, con la maleza y la rama, en el campo a media noche. Árbol por burladero, barro para el recuerdo, rebuscando en los reproches de una madre asustadiza al ver sangre en su camisa, cuando asoma el alba y llora, cuando escampa la locura de la magia toreadora.


Alvaro Gil

Luís de Pauloba


Luís Ortiz Valladares, más conocido como Luís de Pauloba, nació en Aznalcóllar (Sevilla), en el año 1971. Debutó sin picadores en público en el año 1987. En el año 1989 debuta con picadores. En el año 1990 debuta en Las Ventas. En el año 1991 sufre una fuerte cornada en Cuenca de la cual se recupera milagrosamente y en un lapso de tiempo muy corto, prueba de ello fue su alternativa a los dos años, en 1993, en La Real Maestranza de Sevilla. Cuentan que Paco Camino tuvo un encuentro con él en una venta y le dijo: -Pauloba, eres el que más te pareces a mí de los que hay ahora. Mete la espada que te vas a poner rico-. Hay fue donde Luís de Pauloba continuó explorando los caminos de pureza que un día recorrió Paco Camino.


Luís de Pauloba podría haber sido cualquier cosa. Podría haberse dedicado a lo que quisiera si hubiese nacido en otros tiempos o en otro lugar, debido a la mente privilegiada que posee, pero decidió ser torero porque lo lleva dentro. Su carrera ha estado marcada por el reconocimiento del verdadero aficionado pero por la dificultad de no poder torear en el sitio que se merecía ni con las condiciones que deberían. Como decía, gracias a esa mente, esa psicología de otra época, casi oriental, pudo reponerse de la fuerte cornada sufrida en el año 1991. Lo primero que hizo cuando medio se recuperó fue correr detrás de una vaca en cuanto pudo para torearla y a los dos años tomó la alternativa. Noches de luna llena, tardes de toreo jondo, de capote sublime, puro, añejo. De muleta de arte, sin florituras innecesarias, sin tremendismo. Tres o cuatro cortijos debería tener si la espada hubiese entrado dicen por ahí. Un torero de arte toreando corridas descomunales, fuera de tipo, propia de gladiadores o toreros sin clase ninguna. Y él, fiel a su concepto. Es torero desde que se levanta hasta que se acuesta. Es torero vistiéndose por la mañana para llevar a Paula, su hija, al colegio, y para ir a ver a su madre, para hablar por teléfono o para colocarse el cuello de la camisa. Es torero para saludar a cualquiera que se le cruce. Para tratarlo como si fuera el más importante del mundo en ese momento, con una sonrisa siempre pese a que corran malos tiempos. Sencillo, humilde, con gracia andaluza. Igual que su toreo. “Se torea como se es” decía Belmonte. Las cabezas de toros disecadas en su salón imponen. No son Juan Pedros ni mucho menos. Son alimañas que fueron domadas y sometidas por el arte y las muñecas de Pauloba.



Su fiel mozo de espadas y amigo “kiko”, profesional de pies a cabeza que compagina su trabajo con el de mozo de espadas, lo conoce mejor que nadie. Ha sido testigo de sus días de gloria y de sus fracasos. Siempre ha estado ahí. A las duras y a las maduras. Hombre bonachón sin un pelo de tonto que tiene un corazón que no le cabe en el pecho, y mira que es grande.


Mi teoría es que el maestro Luis de Pauloba no necesita cortijos. Es rico espiritualmente. La olla de su casa está llena de sentimiento y de torería de la que puede alimentarse todo el que se quede a comer en su casa. Es un hombre que ha bordado el toreo a la luz de la luna y a la luz del sol. Ha hecho llorar a otro hombre que ha tenido la suerte de contemplar semejante espectáculo en el anonimato íntimo de los románticos del toreo. En su pueblo, con su gente, sin nadie que tenga que darle coba, sin periodistas nefastos o empresarios corruptos, allí donde se menciona su nombre se escucha: es un pedazo de torero y un pedazo de persona. Y esto es muy difícil. Porque personas buenas hay, y toreros buenos también, pero que conjuguen ambos atributos es complicado. Es una figura del toreo que ostenta el triunfo personal en su interior. El exterior es para los superficiales. Hay dos formas de triunfar en la vida. Hacia el interior y hacia el exterior. El triunfo de Luis de Pauloba se da cotidianamente cada día. Cada vez que habla, cada vez que actúa, cada vez que torea en el campo. La mejor recompensa que puede tener Luis de Pauloba es que en la memoria de los aficionados a los toros hay un hueco para él y su toreo. El arte no son cifras ni números. El arte es sentimiento, el arte son recuerdos. Son emociones. Y este torero ha emocionado, a puesto la piel de gallina al que lo ha visto, ha trasmitido felicidad, y eso señores, eso es la grandeza del toreo. Lo que perdura es el aroma. El perfume de azahar de un camino de pureza por el que pocos consiguen andar. Y Pauloba, lo ha recorrido varias veces de ida y de vuelta.



Alvaro Gil.